Cuéntame Una Historia

Conoce la emotiva historia de Sarón y Natanael

domingo, 5 de marzo de 2017

¿Qué es un milagro?



Dicen que un milagro es algo sobrenatural que ocurre en nuestras vidas, algo fuera de lo normal y poderoso que puede impactarnos, algo que rompe con cualquier regla de la naturaleza. Por lo que si alguien nos cuenta que de la nada logró abrir una serie de caminos y crear ríos en medio de un desierto, sin usar tractores ni palas ni excavadoras ni ninguna otra herramienta de construcción, podríamos decir que es un milagro, algo asombroso.

Recuerdo que una noche me encontraba llorando en mi cuarto, sintiendo que era un completo desastre y que Dios bien podría avergonzarse de alguien como yo; me sentía vacío, inútil, y sin ningún propósito. Y él, en su gran misericordia y en su forma peculiar de comunicarse, no siempre de la misma manera, me hizo llegar su respuesta en un mensaje de texto enviado por la persona menos pensada. En ese mensaje de texto estaba algo tan sencillo como una cita bíblica, pero que al buscarla en mi Biblia y leerla, me recorrió un frío por la espalda que terminó en un desahogo de llanto tranquilizador. Era Papá (Dios) diciéndome las siguientes palabras:

No te acuerdes de las cosas pasadas, ni traigas a memoria las cosas antiguas. He aquí que yo hago cosa nueva; pronto saldrá a luz; ¿no la conocerás? Otra vez abriré camino en el desierto, y ríos en la soledad.
(Isa 43:18-19)
Fue una promesa que me hizo entender que Papá tenía el poder para convertir mi desastre en algo hermoso, mi desierto sin propósito en caminos con destino, mi soledad en una fuente inagotable de vida; y no solo el poder, también la misericordia y la disposición para hacerlo. Y lo hizo.

Ese es uno de los más grandes milagros que puede presenciar una persona, la nueva creación de una vida. Ver cómo Dios es capaz de abrir caminos en los peores desiertos en los que nos encontramos muchas veces perdidos, capaz de hacer brotar ríos de agua viva en nuestras más intensas soledades, hacer del caos de nuestro ser interior algo tan armonioso y lleno de vida, y hacernos brillar aún en medio de nuestras angustias y problemas.


En cada uno de nosotros se puede manifestar el poder amoroso de Dios, y eso mis amigos, eso nos convierte en milagros andantes.

viernes, 21 de octubre de 2016

¿Tienen más peso las obras o la intención del corazón?



         Una de las cosas que anteriormente solían causarme confusión era preguntarme si a Dios le importa más lo que hacemos o la intención con que lo hacemos. Como cuando conocemos a alguien que roba para poder alimentar a sus hijos, sabemos que lo que hace es malo, pero la intención es comprensible; o los que estafan a multimillonarios para compensar a los más necesitados, la acción es mala pero la intención es noble. También está el caso de los empresarios que hacen aportes benéficos para evadir impuestos y son alabados por ello, pues lo que hacen es bueno aunque la intención original no sea ayudar; o cuando un profesor ayuda a sus alumnos a aprobar una materia regalándoles una alta calificación sólo porque en esa ocasión sintió pereza de sentarse a corregir exámenes, le agradecemos por su buena acción pero ignoramos su mala intención. Ahora debemos recordar que Dios no ve como nosotros vemos ni piensa como nosotros pensamos, entonces debería ser importante para nosotros saber a qué le da Dios mayor importancia, a las buenas acciones o a la intención con que se hacen.

         Supongamos que hay una chica que cuando le toca exponer en clases se esfuerza en hacerlo bien, sin embargo sus presentaciones siempre terminan siendo mediocres y sin una pisca de la excelencia que ella cree tener, y aunque los profesores le ponen buena calificación sólo por ver su buena intención de exponer lo mejor que puede, sus compañeros siempre se burlan entre rumores cada vez que la ven pararse al frente a tararear sus ponencias. Esta chica, a la que llamaremos Raquel, tiene dos amigos, Alberto y Daniel. Daniel, por tenerle mucho aprecio y no querer causarle ninguna vergüenza, siempre le dice que su exposición fue la mejor y que se ve reflejado en sus altas calificaciones, ocultándole la realidad con la buena intención de no entristecerla diciéndole que hasta ahora sus esfuerzos han sido en vanos. Alberto por su parte, se divierte frustrando los planes de las personas, y un día, bajo el pretexto de que un buen amigo siempre dice la verdad aunque duela, le dice a Raquel que sus exposiciones a la verdad son las peores del salón y que él por tenerle mucha estima se vio en la obligación de decírselo para que ella no siguiera haciendo el ridículo, aunque sabemos que su genuina intención era verla sufrir. Entonces tenemos por un lado a Daniel quien tiene una sincera intención de evitarle el dolor, pero hace mal al ocultarle la verdad a Raquel dejándola que siga siendo burla de todos, cuando Dios nos enseña que los amigos deben aconsejarse aunque el consejo duela; y por otro lado está Alberto que sí le abrió los ojos a Raquel pero con toda la intención de causarle una herida. ¿Entonces qué vale más ante Dios, la buena acción o la intención del corazón?

         Vamos a partir citando la carta que Pablo le escribió a los romanos:
“Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual pagará a cada uno conforme a sus obras: vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia;”Romanos 2: 5-8
         Aquí podemos ver, hasta el momento, que Dios verá son nuestras buenas obras, ¿y qué de las buenas o malas intenciones de la gente? Primeramente recordemos, como se ha tratado en artículos anteriores, que con buenas obras no recibimos salvación, y que si Cristo dice que pagará a cada uno según sus obras es porque estas reflejan quiénes han abierto su corazón para recibir la gratuita salvación, y que estas buenas obras no las hacemos por nuestra cuenta sino que es la semilla que Jesús plantó en nosotros y su Espíritu Santo los que nos llevan a realizarlas. Regresando al asunto de las intenciones, notemos que las primeras frases del versículo citado de la carta a los romanos nos hablan del corazón, ya que el que tiene un corazón duro y no arrepentido hace malas cosas:
“Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias.”Mateo 15: 19
         Entonces Dios sí toma en cuenta el corazón, no sólo los hechos externos, es sólo que las acciones son reflejo de nuestro corazón, porque si bien lo que hacemos no nos define como buenos o malos, sí reflejan si nuestro corazón es bueno o es malo, como siempre me recuerda un amigo mío: una persona no es mala por hacer cosas malas, sino que hace cosas malas porque es mala, así como una persona no se vuelve buena por hacer cosas buenas, sino que el ser bueno lo lleva a hacer cosas buenas; entonces lo que hacemos no nos define, pero sí refleja lo que somos, así como la fruta refleja de qué es el árbol: un árbol de mamón no se vuelve un árbol de manzana porque empiece a dar manzanas, si da manzanas es porque ya era un árbol de manzana.

Ahora, el que se arrepiente sinceramente de corazón, no importa lo que haya hecho, será recibido en los brazos de Jesús:
“Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.”Salmo 51: 17
         Y no es que al arrepentirnos comenzaremos a hacer todas las cosas buenas que a Dios le agradan, no, porque con el corazón que tenemos no podemos hacer lo que a Dios le agrada, así como el árbol malo no puede dar frutos buenos (Mateo 7: 16-20). Lo que Dios hace es darnos un nuevo corazón, pero para poder recibir un nuevo corazón debemos ser arrancados como árboles y ser plantados de nuevo con la buena semilla de Jesús, recuerden que es necesario nacer de nuevo para ser parte del reino de Dios; porque, cómo es que Dios va a poner un nuevo corazón en un cuerpo viejo, es decir, en nuestro antiguo yo, nuestra antigua forma de ser, nuestro viejo hombre; si el mismo Jesús dijo:
“Nadie pone remiendo de paño nuevo en vestido viejo; porque tal remiendo tira del vestido, y se hace peor la rotura.”Mateo 9: 16
         Entonces somos arrancados, plantados de nuevo, y nacemos con un nuevo corazón:
“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.”2 Corintios 5: 17
“Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obras.”Ezequiel 36: 26-27
         Vemos que Dios nos otorga un nuevo corazón, y ese nuevo corazón sí está capacitado para hacer lo que a Dios le agrada, y que además, como ya hemos aprendido, es el Espíritu de Dios que al recibirlo nos mueve a hacer la voluntad de Dios, a producir frutos. Entonces tengamos claro que si aún no hemos creído en la sangre de Jesús no importa qué tan buenas personas creamos que somos, no podemos hacer lo que le agrada a Dios ni por obra ni por intención, porque sin fe en la obra que Jesús hizo en la cruz no recibimos el nuevo corazón, es por eso que el escritor de la carta a los Hebreos dice que sin fe es imposible agradar a Dios (Hebreos 11: 6), y como ya Cristo hizo la mayor prueba de fe al morir en la cruz creyendo que el Padre lo resucitaría, ahora nosotros tenemos que creer en Jesús para morir y nacer de nuevo con la fe de Él:
“sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado.”Gálatas 2:16
         Por lo tanto no se trata de nuestras acciones y de nuestras intenciones, sino de quiénes viven con el nuevo corazón otorgado por Dios, y el Señor recompensará las buenas acciones porque son reflejo de que mi corazón es bueno, y es bueno no porque yo haya sido bueno, sino que proviene de Dios. Ahora ustedes se preguntarán ¿y qué con las personas que hacen buenas cosas aun viviendo con el corazón viejo sin ser conscientes del nuevo? Bueno, recordemos que a todos se nos otorga el nuevo, y si esas personas endurecen su corazón para no recibir lo que se les ofrece por gracia, tarde o temprano ellos mismos, sin que nadie se los diga, o se darán cuenta que en el fondo no son tan buenos como ellos creían, o se sentirán solos y vacíos y como que de nada les aprovecha ser tan buenos, porque nadie es autosuficiente, todos necesitamos de Dios, y aquí hablo por experiencia propia.

         ¿Y si una persona decide hacer buenas obras en un intento de engañar a Dios? Porque claro, si por medio de mis obras Dios puede ver que tengo un corazón nuevo y limpio, entonces yo puedo hacer buenas obras para que cuando Él las vea crea que tengo un buen corazón, aunque mis intenciones sean malas. Pues una persona así se equivoca, porque ante Dios tanto la acción como la intención tienen el mismo peso, así que no basta con tener buenas intenciones, ni basta con hacer buenas acciones, Dios evalúa ambas cosas para ver quiénes han creído genuinamente en su Hijo. ¿Y dónde dice eso? Veamos el salmo 24:
“¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo? El limpio de manos y puro de corazón; el que no ha elevado su alma a cosas vanas, ni jurado con engaño. El recibirá bendición de Jehová, y justicia del Dios de salvación.”Salmo 24: 3-5
         Cuando dice “el limpio de manos” se refiere al que hace buenas acciones, y cuando dice “puro de corazón” se refiere a tener buenas intenciones y pensamientos, al decir “el que no ha elevado su alma a cosas vanas” es quien no centra toda su atención en las cosas del mundo, es decir de la vida secular, sino quien se preocupa por las cosas que realmente importan ante Dios, y “jurado con engaño” se refiere a las mentiras y falsos testimonios. Entonces vemos que ante Dios importa tanto la acción como la intención, tanto lo que se ve que hacemos como lo que llevamos por dentro, y por lo mismo no podemos decir que mentir por una buena causa está bien, que dejar a nuestro amigo seguir en su error para no lastimarlo está bien, que robar para darle de comer a mis hijos está bien (porque estarías confiando más en tus propios medios para encontrar comida que en Dios, quien recompensa al trabajador y al que confía en Él); así como tampoco podemos decir que tal estafador es bueno porque compartió el dinero robado con los pobres, ni que el hacer obras benéficas me hace una buena persona cuando mi intención es librarme de impuestos, ni mucho menos decir que no importa que nuestros dirigentes roben siempre y cuando nos mantengan contentos, o que un profesor que me ayuda a pasar la materia con procedimientos no reglamentarios hace bien. Desde el caso más insignificante hasta el más complejo tanto la obra como la intención tienen que ir de la mano.

         Confieso que yo aun después de comprender todo esto seguía con la duda, preguntándome: ¿si es así entonces por qué Pablo no es más específico en la carta a los romanos y dice que Dios no pagará sólo por nuestras obras sino también por nuestras intenciones a la hora de evaluar con qué semilla fuimos plantados? Es por eso que siempre debemos seguir estudiando la Biblia y pedirle a Dios que sea su Espíritu Santo enseñándonos para no hacer interpretaciones erróneas. Pues bien, continuando la lectura vi que definitivamente Dios asegura que tanto lo uno como lo otro es tomado en cuenta a la hora de evaluar de qué está hecho nuestro corazón, específicamente en el libro de Jeremías:
“Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras.”Jeremías 17: 9-10
         Y aquí se nos habla con toda claridad, se nos recalca que Dios va a pagar a cada uno según sus obras, pero igualmente va a escudriñar la mente de cada quien y probará los corazones, para así conocer las verdaderas intenciones con las que esas obras se hicieron, sean buenas o sean malas. Así que no pretendamos engañar a Dios con nuestras buenas acciones, ni pretendamos que de puras buenas intenciones seremos recompensados, porque si volvemos a leer el salmo 24 veremos que para subir al monte de Dios hay que ser limpio de manos y puro de corazón, el salmo le da igual importancia a ambas cosas, porque una tiene que ir complementada con la otra, así como la fe se complementa con las obras de fe, y si falta una entonces de nada sirve. Además es importante notar que aun el libro de Jeremías enseña que el hacer buenas obras y tener un corazón limpio no depende de nosotros, sino que viene de Dios, y que para ser partícipe de ello sólo debemos entregar nuestra confianza en Dios, que como hemos aprendido en artículos anteriores para confiar en Dios se debe confiar y creer primeramente en lo que Jesús hizo en la cruz. “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.” Dijo Jesús en Juan 14: 6. Ahora bien, veamos en qué parte es que Jeremías nos enseña esto, pues justamente en los versículos anteriores a los que hemos citado:
“Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová. Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto.”Jeremías 17: 7-8
         Nuevamente se nos compara con un árbol, y nos dice que no daremos fruto por nuestra propia elección, sino que como hemos confiado en Dios entonces seremos como un árbol plantado junto a las aguas, y son esas aguas las que nos permiten producir el fruto, porque las aguas son el Espíritu de vida, el Espíritu Santo, la semilla con que fuimos plantados es la palabra de Dios, nuestra raíz es Cristo, y el crecimiento lo da Dios con su sol de Justicia. Así que si bien seremos recompensados por nuestras buenas obras y las intenciones con que las hagamos, esas obras e intenciones no provienen de nosotros, el mismo Dios se encarga de entregarnos un nuevo corazón apto para esas buenas obras que además, como dijo Pablo, ya fueron preparadas de antemano para que nos ocupásemos en ellas (Efesios 2: 10). En fin, todo esto nos recuerda que por gracia somos salvados, por gracia se nos entrega un corazón nuevo, por gracia se nos permite participar en buenas obras, por gracia se nos recompensan esas buenas obras; y la gracia como ya sabemos no es más que cuando se nos otorga algo que no merecemos ni hicimos nada por merecer.

         Para concluir, citemos el libro de los proverbios:
“Libra a los que son llevados a la muerte; salva a los que están en peligro de muerte. Porque si dijeres: Ciertamente no lo supimos, ¿Acaso no lo entenderá el que pesa los corazones? El que mira por tu alma, él lo conocerá, y dará al hombre según sus obras.”Proverbios 24: 11-12
         Con esto no me queda duda de que Dios al pagar según las obras también pesa los corazones para ver las intenciones, y ver las verdades y mentiras que hay en nuestras palabras y en nuestras acciones. En este caso el proverbio se dirige a los que ya tienen conocimiento de la palabra y tienen el deber de enseñarle a otros que abriendo sus corazones al Señor serán conscientes de la salvación y el nuevo corazón que se les otorga, y con decir que no lo sabíamos no podremos engañar a Dios, porque Él puede escudriñar toda mente y todo corazón. Y a los que aún no han abierto su corazón, recuerden que a todos se nos otorga la salvación gratuita, sólo debemos abrir nuestro corazón para que se haga realidad en nuestra vida.
“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.”Apocalipsis 3: 20

miércoles, 19 de octubre de 2016

Mi próximo libro



            Hoy quiero compartir con ustedes la sinopsis y portada de mi próximo libro, el cual espero se asome pronto a la luz. Es algo un poco distinto a mi anterior proyecto, pero con el mismo enfoque:

Sinopsis

            Diego Varal es un periodista común de la ciudad de Barinas. Luego de una exaltada adolescencia como pandillero de poca monta, incursionó en los estudios de periodismo con la vaga esperanza de permanecer en contacto directo con los atractivos peligros de la calle, descubriendo, muy tarde, que ese oficio, en su ciudad, ningún riesgo aventurero podría ofrecerle.


            Para cuando tuvo la plena convicción de que su destino consistiría en permanecer tras la pista de pequeños reportajes de pacotilla, que de novedad no tenían ni el cabezal, un error en su trabajo lo llevó a involucrarse de manera inusual en una de sus noticias, cultivándole el compromiso de esclarecer un asesinato que hace unas horas no era más que un trivial ajuste de cuentas, sin imaginar que esa decisión lo llevaría a recibir un prestigioso premio de periodismo, conocer al amor de su vida en la hipnótica figura de una mujer escapada de un fascinante cuadro de bazar cultural, y terminar secuestrado con ella justo cuando se involucraban en una maraña de corrupción que pretendían denunciar.

lunes, 17 de octubre de 2016

A Imagen y Semejanza


         Hay una duda que siempre he tenido, y es saber qué forma física tiene Dios, ¿su silueta será humana? ¿Se verá igual a nosotros? La verdad no lo sé. Sin embargo, a veces nos lo imaginamos, incluso de forma inconsciente, como un humano con todas sus partes, ¿por qué lo digo? Porque hay una convención universal de creer que Dios es “hombre”, es decir, no es una “mujer”. Sí, cualquiera se imagina a Dios de sexo masculino, y si lo imaginamos así, es porque definitivamente lo creemos con forma humana.

Pero, leyendo el libro “La Cabaña” de Paul Young, vi algo que es muy cierto: ¿Por qué imaginamos que Dios es hombre (un ser masculino), si él no es humano?. La Biblia dice que Dios es Espíritu:
“Dios es Espíritu; y es necesario que los que lo adoran, lo adoren en espíritu y en verdad.”Juan 4: 24 (RVC)
         Por lo tanto, no debe sonar extraño si decimos que Dios no es ni hombre ni mujer, al fin y al cabo Él no posee un cuerpo humano que lo encasille dentro de un género (hablo de Dios Padre; porque el Hijo, Jesús, sí tuvo un cuerpo humano). Además, debemos recordar que de Dios salieron ambos géneros, tanto el hombre como la mujer, y que en ambos Dios depósito una facción de su divinidad. Esto no quiere decir que Dios sea un hombre y mujer a la vez, sino una naturaleza completa de la que salieron los humanos, los animales, las plantas, los mares, la tierra… todo. Así que es absurdo decir que Dios es un hombre, o una mujer, o un árbol, o un planeta; porque todo procede de Dios, así que todo forma parte de Dios. Es como una casa enorme: yo no puedo decir que la puerta es la casa, o que la casa es una puerta; más bien, la puerta es parte de la casa.

         Teniendo claro que Dios no es una persona o una cosa, y que a la vez Dios puede manifestarse a través de cualquier persona o planta o animal (como se manifestó a través de la burra de Balaam en Números 22: 28-33), ahora nos queda una duda: ¿Por qué el libro de Génesis dice que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, si Dios no tiene forma humana? Bueno, algo verídico es que Dios no tiene un cuerpo de carne y hueso como el de nosotros, y a lo mejor no tiene forma humana, pero se debe tener en cuenta que esa “imagen y semejanza” no se refería a la imagen física de Dios.

         Prácticamente todo lo que encontramos en el Antiguo Testamento son simbologías de las cosas celestiales y de lo que se cumpliría en la persona de Jesús en el Nuevo Testamento. Por ejemplo, el tabernáculo físico que construyó Moisés en el Antiguo Testamento representaba el templo espiritual de Dios, que no es más que Cristo mismo morando en nosotros:
“¿Y qué acuerdo puede haber entre el templo de Dios y los ídolos? ¡Ustedes son el templo del Dios viviente! Ya Dios lo ha dicho: «Habitaré y andaré entre ellos, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo.»2 Corintios 6: 16 (RVC)
         También tenemos el aceite con que ungían a los reyes y sacerdotes del antiguo testamento, y que representaba la unción que recibió Jesús en el nuevo testamento, que no era un aceite, sino el Espíritu mismo de Dios, la misma unción que ahora nosotros recibimos por medio de Jesús (Hechos 10: 38).

         Por otro lado, el arca de Noé dentro de la cual se salvaron ocho personas en el diluvio, simbolizaba a Jesús. Pues así como esas ocho personas fueron puestas dentro del arca cuando Dios envió el diluvio para establecer una otra creación, así Dios nos puso dentro de Jesús cuando juzgó al mundo en la cruz, haciéndonos morir en Cristo y resucitar en Él en la nueva creación:
“El amor de Cristo nos lleva a actuar así, al pensar que si uno murió por todos, entonces todos murieron; (…) De modo que si alguno está en Cristo, ya es una nueva creación; atrás ha quedado lo viejo: ¡ahora ya todo es nuevo!”2 Corintios 5: 14-17 (RVC)
         Entonces lo mismo puede decirse de la creación del hombre: el cuerpo físico a lo mejor sí está hecho a imagen y semejanza de Dios, pero no porque Dios tenga un cuerpo físico, sino que nuestro cuerpo físico es una representación o simbología de la naturaleza divina. Porque así como nuestro cuerpo está conformado por una cabeza inteligente y muchos miembros que le obedecen, así el cuerpo de Cristo está compuesto por Él, que es la cabeza, y todos nosotros que somos miembros de cuerpo:
“Porque así como el cuerpo es uno solo, y tiene muchos miembros, pero todos ellos, siendo muchos, conforman un solo cuerpo, así también Cristo es uno solo. 13 Por un solo Espíritu todos fuimos bautizados en un solo cuerpo, tanto los judíos como los no judíos, lo mismo los esclavos que los libres, y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu…”1 Corintios 12: 12-13 (RVC)
       Por otro lado, también cabe destacar que Adán, en el principio, estaba formado a imagen y semejanza de Dios porque compartía su misma naturaleza divina, ya que vivía en perfecta comunión con su Creador. Sí, ya sé que suena algo un poco loco, pero si aplicamos el sentido común —porque he descubierto en la Biblia que Dios es el ser más racional—, veremos que tiene sentido. Echemos un vistazo al Nuevo Testamento:
“No se mientan los unos a los otros, pues ya ustedes se han despojado de la vieja naturaleza y de sus hechos, y se han revestido de la nueva naturaleza, la naturaleza del nuevo hombre, que se va renovando a imagen del que lo creó hasta el pleno conocimiento…”Colosenses 3: 9-10
         Y allí está el asunto. En este pasaje Pablo nos enseña que después de la resurrección de Cristo, fuimos revestidos con una nueva naturaleza que sí es imagen del Creador, es decir, imagen de Dios.

Si se supone que todos fuimos creados a imagen de Dios, ¿por qué razón Pablo dice que antes de Cristo teníamos una naturaleza que no era imagen de Dios, y que la nueva que recibimos luego de la muerte y resurrección de Cristo sí es imagen de Dios? ¿No y que Adán fue creado a imagen de Dios,  y por lo tanto los que nacemos de Adán, nacemos con esa misma imagen? ¿O es que Adán tenía un cuerpo hecho a imagen de Dios, un cuerpo que no es como el de nosotros, pero que sus hijos, Caín y Abel, nacieron con otra forma, la que conocemos y tenemos nosotros, y no con la forma de Dios?

         Pues no, no es que Adán tuviera la forma de Dios y el resto de los mortales no. ¿Entonces por qué las personas que vivieron antes de Jesús no tenían la imagen de Dios? La explicación es sencilla: Adán fue formado a imagen y semejanza de Dios, pero no de una manera física, sino que Adán, al vivir en íntima comunión con Dios, tenía la naturaleza misma de Dios dentro de sí. El problema, es que cuando Adán desobedeció a Dios, se separó de su Creador y de su naturaleza, perdiendo la imagen de Dios. Así que después de su caída, tanto Adán, como todos los humanos que nacieron de Él, ya no estaban hechos a imagen y semejanza de Dios, porque ya no tenían la naturaleza de Dios como parte de ellos. Si yo le cortó las alas a un águila, sigue siendo un águila, pero ya no está hecho a imagen y semejanza de un águila, porque le faltan las alas y la capacidad de volar. Así mismo, Adán quedó incompleto al perder la naturaleza divina.

        Precisamente fue eso lo que Jesús nos devolvió con su muerte y resurrección, nos devolvió lo que perdimos en Adán: la comunión con Dios. Y como ahora Cristo habita en nosotros, ahora nosotros estamos siendo renovados según la imagen de Dios, tal como lo hemos leído en Colosenses “y se han revestido de la nueva naturaleza, la naturaleza del nuevo hombre, que se va renovando a imagen del que lo creó hasta el pleno conocimiento”.

         Esto nos enseña, que desde la caída de Adán hasta Cristo, los humanos no estábamos formados a imagen de Dios, no conforme a su imagen divina; porque perdimos esa imagen en el huerto del Edén. Pero ya Cristo nos la devolvió por pura gracia y amor.

Tengamos presentes que la intención de Jesús es restablecerlo todo como al principio de la creación. Pero, notemos que el pasaje dice que la renovación es hasta llegar a un pleno conocimiento, lo que quiere decir, que somos transformados a imagen de Dios a medida que lo vamos conociendo a Él y a su palabra, ¿por qué?. Lógico, porque tenemos la vida de Cristo en nosotros.

         Para yo saber cómo soy, tengo que conocer mi rostro, y esto lo hago mirándome en un espejo. Sólo que ahora es Cristo quien vive en nosotros, “y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí” (Gálatas 2: 20). Así que para ser conscientes de nuestra verdadera imagen, no nos sirve un espejo común y corriente, porque éste nos va a reflejar nuestro rostro físico. Debemos mirar un espejo que sea capaz de reflejar al que vive en nosotros, un espejo que refleje nuestro rostro espiritual, y ese espejo es la palabra de Dios y su conocimiento: en la Biblia está registrada la forma de ser de Cristo, su naturaleza, su carácter, sus valores, sus principios, su vida, sus pensamientos. La Biblia, cuando la miramos, leemos, y estudiamos, es el espejo perfecto que nos puede reflejar el rostro de Cristo que vive en nosotros, y al ver ese reflejo, somos cada vez más conscientes de la nueva imagen que recibimos en Cristo, y nos formamos y renovamos en esa imagen, que es la real imagen de Dios:
“Por lo tanto, todos nosotros, que miramos la cara del Señor a cara descubierta, como en un espejo, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.”2 Corintios 3: 18

         Antes de despedirme, quiero resaltar un punto importante. Si nosotros somos renovados en la imagen de Dios a medida que vamos conociendo a Cristo, entonces no se trata de que debamos imitar la vida de Cristo. Al leer sobre Él en la Biblia, no nos esforcemos en imitarlo. No necesitamos tratar de ser como Cristo, porque Él ya vive en nosotros. Si a mí me dan alas, no necesito esforzarme en ser como un ave, porque ya lo soy. Nuestro único objetivo, debe ser conocer al que ya habita en nuestro ser, y el mismo Espíritu Santo se encargará de renovarnos según su imagen, como lo dice el pasaje que acabamos de citar en 2 Corintios.

viernes, 14 de octubre de 2016

¿Justificado por fe o por obras? ¿Y la gracia?

Parte II

         En el artículo anterior ya aprendimos que somos justificados y salvados por gracia, es decir, sin hacer nada por merecerlo; pero recibimos ese regalo por medio de la fe, fe en que lo que Jesús me ofrece es mucho mejor, y que esa fe para ser completa tiene que estar acompañada de una única obra: liberar nuestras manos de las cosas que hemos conseguido en nuestra vida pasada para tener espacio de recibir las nuevas cosas que Jesús consiguió por nosotros. Recordemos, además, que liberar nuestras manos no nos hace merecedores de la salvación ni la justificación, porque son cosas que Cristo nos ofreció desde mucho antes de que nosotros pensáramos en él, así que son cosas que recibimos porque él decidió dárnoslas, así no más, por puro amor a la humanidad.

         La duda que nos queda es, ¿si no hicimos nada para merecer la salvación ni la justificación, sino que la recibimos por pura gracia, entonces por qué Jesús dijo que pagaría a cada uno conforme a sus obras?
“…Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras.”Mateo 16: 27
         Hablemos del segundo tipo de obras de fe, las acciones buenas que los humanos hacemos, como ayudar a otros, darle de comer a los pobres, abrigar al que tiene frío y está a la intemperie, educar a los niños, evitar los conflictos, ser buenos hijos, ser trabajadores y esforzados; en fin, todas las cosas que según nosotros nos definen como buenas personas.

Aquellos que no se han entregado del todo a Cristo, puede que piensen de esta manera: “Yo sé que iré al cielo porque hago cosas buenas, Dios ve esas acciones buenas y se complace”. Tienen razón, Dios se complace en las acciones buenas, Él mismo dijo: Misericordia quiero y no sacrificio.
“Porque misericordia quiero, y no sacrificio, y conocimiento de Dios más que holocaustos.”Oseas 6: 6
         Pero fíjense que el mismo que demanda misericordia, también demanda que conozcamos a Dios, y no podemos conocer a alguien con quien nunca nos comunicamos y con quien nunca convivimos; hay que entregarse a Él.

         Por otro lado, muchos de los que ya han liberado sus manos y se han entregado a Dios, piensan de esta manera: “Ya Dios me salvó, ahora tengo que hacer cosas buenas para no perder esa salvación, de otra manera seré castigado”. Lo siento pero también están errados, Jesús decidió darnos la salvación por gracia, y así como no hicimos nada para merecerla, tampoco podemos hacer nada para mantenerla, es una salvación eterna, Jesús no nos la va a quitar. Miren lo que dice Pablo al respecto:
“Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.”Romanos 8: 38-39
         Si Dios nos asegura en su palabra que nada podrá separarnos de su amor a los que tenemos a Jesús como nuestro Señor, entonces no es por las cosas buenas que hagamos que mantendremos nuestra salvación, es por su amor.

         En un último grupo de personas, están aquellos que piensan: “Bien, si nada me separará de su amor, y nada bueno que yo haga me hará ser más salvo, porque la salvación que recibí es completa, entonces por lógica no tengo necesidad de hacer cosas buenas, así que simplemente no haré nada”. ¡Alto! Esto también es un error. Recordemos que Jesús pagará a cada uno conforme a sus obras.

         Para resolver este dilema, vayamos punto por punto, paso a paso. Primero veamos que, aunque la salvación no se recibe ni se mantiene por obrar cosas buenas, sí es necesario que hagamos buenas obras. Volvamos a citar una de las cartas de Pablo mencionadas en el artículo anterior, la carta a los efesios, esta vez leyendo el versículo que le seguía al pasaje (recuerden que hay que leer el texto completo, porque sólo leyendo partes corremos el riesgo de entender lo que no es por no conocer el contexto):
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.”Efesios 2: 8-10
         Y con este pasaje es como si la luz iluminara cualquier confusión, y es donde Pablo se reconcilia con Santiago, aunque nunca estuvieron en contradicción como ya lo hemos visto en el artículo anterior. En el versículo 8 nos dice: «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios;» Así que ni aun la fe por medio de la cual recibimos la salvación es nuestra, es un don que Dios nos concede, es decir, la disposición de vaciar nuestras manos es dada por Dios, nosotros simplemente no debemos endurecer nuestro corazón ante esa disposición que sentimos por dentro cuando nos llega el momento de aceptar lo que Jesús nos ofrece. En el versículo 9 tenemos: «no por obras, para que nadie se gloríe.» Explicarlo sería redundar en todo lo que hemos venido diciendo, no es por lo que hagamos que obtenemos salvación. Y en el versículo 10 tenemos: «Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.» Y es como Pablo nos enseña que sí hay unas buenas obras que debemos hacer, pero no para mantener nuestra salvación, sino porque fuimos creados para hacerlas, así que no podemos decir que Dios debería recompensarnos por nuestras buenas acciones, porque uno no recompensa al vaso por cumplir la función para la cual precisamente se creó, ni le da las gracias, porque para eso se hizo. Sin embargo, Dios decide recompensarnos, por gracia, no porque lo merezcamos. Y esas buenas obras, Pablo dice que Dios las preparó de antemano para que nos ocupáramos en ellas, así que más bien somos nosotros los que debemos dar gracias a Dios por permitirnos el privilegio de participar en ellas.

         Entonces tanto Pablo como Santiago concuerdan en que hay unas buenas obras que debemos hacer para que nuestra fe sea completa, porque si de verdad creemos que ya Cristo nos ha salvado, entonces accionamos en la fe porque tenemos plena confianza en que ya tenemos aseguradas nuestras almas en Cristo, pues, si dudáramos de que nuestras almas están seguras en Cristo, de nada valdría hacer buenas cosas, ya que nunca podríamos salvarnos por nuestra cuenta. Y esas buenas obras son parte del fruto del Espíritu, recordando que al recibir la salvación, el Espíritu de Dios viene a morar dentro de nosotros, y es Él quien nos mueve a dar ese fruto.
         “Aquel, pues, que os suministra el Espíritu, y hace maravillas entre vosotros, ¿lo hace por las obras de la ley, o por el oír con fe? Así Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia.”
Gálatas 3: 5-6
         El oír con fe nos lleva a recibir el Espíritu de Dios, y si tenemos el Espíritu de Dios, indudablemente el hacer buenas obras vendrá como consecuencia a esto. Jesús lo ejemplifica claramente en su parábola del sembrador:
“…He aquí, el sembrador salió a sembrar… parte [de la semilla] cayó en buena tierra, y dio fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta, y cuál a treinta por uno. El que tiene oídos para oír, oiga… el que fue sembrado en buena tierra, éste es el que oye y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta, y a treinta por uno.”Mateo 13: 3, 8, 9, 23. (Recomiendo leer la parábola completa y su explicación en Mateo 13: 1-9 y 13: 18-23)
         Entonces, nos encontramos con que la palabra de Dios es una semilla, y Cristo vino al mundo a sembrar esa semilla en nuestros corazones, si nosotros la recibimos, crecemos como un árbol que da buen fruto, y parte de ese buen fruto son las buenas obras (para ver la lista completa de las cualidades del fruto del Espíritu lea en Gálatas 5: 22-25). Por lo tanto, no recibimos el Espíritu Santo por nuestras buenas acciones, sino que las buenas acciones vienen como consecuencia de recibir el Espíritu Santo, así como un árbol no se gana el derecho a nacer de una buena semilla dando buenos frutos, pues, le es imposible dar frutos si primero no se ha sembrado, el sembrador es el que decide sembrarlo sin que el árbol haga nada para merecerlo. ¿Entonces por qué Jesús dijo que pagaría a cada uno conforme a sus obras, si no son nuestras buenas obras las que nos llevan a ser una buena persona ni mucho menos a ser salvados? Él mismo dijo el por qué:
“Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol de malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis.”Mateo 7: 16-20
         Jesús pagará a cada uno conforme a sus obras, no porque haciendo cosas buenas nos vayamos a ganar la salvación, pues ya la hemos recibido una vez y para siempre, sino que por medio de nuestras buenas obras es que se evidencia que ya hemos recibido la salvación de Jesús, que ya hemos oído su palabra con fe, que hemos recibido su buena semilla.

Cuando Jesús inspecciona los árboles, y ve alguno que no da buen fruto, lo corta, pero no porque al dar malos frutos haya perdido su salvación, pues nunca la tuvo, si la tuviera no daría malos frutos; y menos porque era necesario que ese árbol diera buenos frutos para recibir la salvación, pues la salvación no se obtiene por dar buenos frutos; sino que por medio de los malos frutos el sembrador puede ver que esa semilla no la sembró Él, es decir, esa persona no liberó sus manos para recibir el perdón, la salvación y el Espíritu de Dios cuando Jesús se los ofreció gratuitamente sin necesidad de que hiciera algo por merecerlo.

En cambio, cuando Jesús ve a un árbol que da buenos frutos, no es que le dé la salvación, pues ya la tiene desde el mismo instante en que fue sembrado, sino que le recompensa, no porque dando buenos frutos se haya ganado ese privilegio, sino que por medio del buen fruto el Señor puede ver que esa persona sí vació sus manos para recibir el perdón, la salvación y el Espíritu de Dios cuando se le ofreció gratuitamente por gracia. En otras palabras, esa persona recibió la buena semilla que el sembrador sembró en él, oyó con fe.

Es por eso que Jesús dice que al que tiene se le dará más, y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado; porque el que tiene, es porque recibió la semilla de Cristo y se multiplicó, el que no tiene, es porque no recibió la semilla de Cristo, y como mal árbol será cortado. Claro, tampoco es que pretendo asustarlos, jamás he creído en eso de que a las personas hay que hablarles de Dios metiéndoles miedo. Tengan por seguro que a todos el Padre nos ofrece la salvación y vida eterna, y si la recibimos no importa que hayamos sido malos árboles en el pasado, porque todos lo hemos sido. Cuando creemos en la sangre de Cristo y en su resurrección, y abrimos nuestras manos, es decir nuestro corazón, para recibir la cesta, Dios nos arranca y nos siembra de nuevo con buena semilla aunque no lo merezcamos. Mejor dicho, naceremos de nuevo tal y como Jesús le enseñó a Nicodemo:
“Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.”Juan 3: 3
Con esto queda claro que no son nuestras buenas obras las que nos hacen merecer el amor de Dios, sino que el Espíritu mismo de Dios produce esos frutos en nosotros, y por medio de esos frutos se puede conocer que hemos recibido la cesta que Jesús consiguió por nosotros. Así que dejemos de pensar que haciendo cosas buenas entraremos en el cielo, o que si dejamos de hacer cosas buenas perderemos la entrada al cielo, o que no tenemos necesidad de hacer cosas buenas porque ya tenemos asegurada la entrada al cielo; porque así como un buen árbol no puede decidir dar o no dar buenos frutos una vez que ha crecido, sino que los frutos nacen de manera inevitable de sus ramas por medio de las cuales viajan todos los minerales obtenidos por medio de la raíz, así mismo nosotros no podemos decidir dar o no dar buenos frutos una vez que la semilla de la palabra de Dios ha retoñado en nosotros, si recibimos la buena semilla esos frutos se van a manifestar en nosotros de forma inevitable, porque para eso fuimos sembrados. No haremos cosas buenas por obligación ni porque lo hayamos decidido, sino que el Espíritu nos moverá a realizar buenas acciones. Entonces no tenemos ningún mérito, el mérito lo tiene es Jesús que fue quien trabajó en la siembra.

Por eso el Señor dice:
“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad.”Mateo 7: 21 -23
         Porque si hacemos su voluntad, es porque hemos conocido a Dios, hemos recibido su Espíritu, y ese mismo Espíritu nos mueve a hacer la voluntad de Dios. Pero aquellos a los que Jesús se refiere que le dicen “Señor, Señor”, y no entran al cielo, es lo que buscan hacer cosas buenas por su cuenta creyendo que así se ganarán la salvación. ¿Por qué? Porque si digo que entraré al cielo por hacer cosas buenas por los demás o por Dios, entonces estoy diciendo que de nada sirvió que Jesús muriera en la cruz para darme salvación, algo así como: “Yo no entraré al cielo porque Jesús se haya sacrificado por mí, sino que entraré al cielo porque me lo gané ayudando a los demás, merezco ese premio porque soy bueno”. Y creyendo hacer la voluntad de Dios estaríamos obrando mal. Para hacer la voluntad de Dios debemos ser guiados por su Espíritu, no por nuestra razón; y debemos reconocer que la salvación la obtenemos por gracia, no por nuestras acciones.

         Gracias le doy a Dios que me permitió conocer estas cosas, me enseñó por medio de su Espíritu que no se trata de mí, sino de Él, y quería compartir con ustedes de lo que he recibido. Espero que con esto ustedes también ya tengan claro cómo es el asunto de la fe, las obras, y la gracia. Para terminar, les dejo unos versículos claves, que después de lo que hemos aprendido en estos dos artículos, no creo que ameriten explicación.
“Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego. Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá.”Romanos 1: 16-17
“Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.”Romanos 10: 17

jueves, 13 de octubre de 2016

¿Justificado por fe o por obras? ¿Y la gracia?

Parte I

         Uno de los temas que más me ha causado confusión es el de la Fe y las Obras, haciéndome preguntar si la salvación se recibe haciendo cosas buenas o simplemente teniendo fe en el sacrificio de Cristo. Al leer las cartas de Pablo esta duda parece quedar totalmente aclarada, pues, él es tajante y sin admisión de discusión al decir en su carta a los romanos:
“Ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado.”Romanos 3:20
         “Ningún ser humano” son sus palabras, lo que deja sin lugar a dudas que cumpliendo con la ley mosaica no se alcanza la justificación —recordemos que la ley mosaica es toda la ley dada por Moisés en el antiguo testamento. Ahora bien, ¿entonces qué nos da la justificación? Es decir, ¿qué nos hace justos ante Dios otorgándonos el perdón de nuestros pecados? Esta duda también nos la aclara Pablo al escribirles su carta a los gálatas:
“sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado.”Gálatas 2:16
         Es la fe de Jesucristo la que nos justifica, y note que es la fe de él, no la de nosotros, pero ya hablaremos luego de eso, lo importante es que Pablo nos argumenta que es creyendo en Jesucristo que somos justificados por medio de la fe, no por nuestras obras ni nuestra obediencia a la ley.

         Bien, al saber esto, yo tuve plena convicción de que mis dudas ya habían sido resueltas, y para ustedes debe ser igual hasta este punto; es entonces cuando aparece Santiago aparentemente en contradicción con Pablo, diciéndonos lo siguiente:
“Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?... Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan. ¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta? ¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras, y que la fe se perfeccionó por las obras? Y se cumplió la escritura que dice: Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia, y fue llamado amigo de Dios. Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe.”Santiago 2: 14, 19-24 (recomiendo leer el pasaje completo, desde el versículo 14 hasta el versículo 26)
         Bien, acabamos de leer una aparente refutación por parte de Santiago a las palabras que ya hemos leído de Pablo. Pero, si prestamos atención, nos damos cuenta que Santiago no está hablando de practicar las obras de la ley. Pablo es muy explícito al decir que las “obras de la ley” no nos llevan a obtener la justificación, y Santiago en ningún momento dice que la fe sin las obras de la ley es muerta, sólo dice que la fe sin las obras es muerta, además que pone el ejemplo de Abraham, quien es llamado en la Biblia el padre de la fe, y nos dice que la fe de este hombre estuvo acompañada de obras, y es imposible que esas obras de Abraham fueran obras de la ley, porque Abraham vivió casi medio milenio antes de que Moisés viniera al mundo a darle la ley a los israelitas. ¿Entones de qué obras está hablando Santiago? ¿Y es el hacer esas intrigantes obras las que nos justifican? Y si es así ¿dónde queda eso de que somos salvos por gracia sin que hiciéramos nada (recordando que gracia es cuando recibimos algo sin merecerlo)? Porque Pablo también es claro al decir en su carta a los efesios que no es por obras, en sentido general, que somos salvados:
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.”Efesios 2: 8-9
         Entonces somos salvados por medio de la fe, no por las obras, pero la fe sin obras es muerta. Sí, muchas dudas se me generaron al planteármelo de esa manera, que es a lo que yo llamo paradoja bíblica. Así que hablé con Dios en oración y le pedí que me aclarara esa confusión. Ahora, después de haber escuchado varias enseñanzas al respecto, y haber leído la Biblia bajo la dirección del Espíritu Santo —porque sin su dirección difícilmente podría comprender lo que Dios nos habla por medio de la Biblia—, ahora sé que Pablo y Santiago no se contradicen.

         Recordemos las palabras de Santiago, y notemos que el ejemplo que nos plantea es el momento en que Abraham, por petición de Dios, ofreció a su hijo Isaac en sacrificio sobre un altar, y Dios, al ver la inmensa fe de Abraham que ni aun se negó a sacrificar a su hijo, lo detuvo antes de que matara al muchacho; es por eso que su fe se le contó por justicia, porque confió ciegamente en Dios y sus promesas, y su fe fue completa, porque estaba dispuesto a realizar aquello que se le había pedido confiando plenamente en aquel que se lo pedía, sin tener obligación de hacerlo, pues Dios no le dijo en ningún momento que si no sacrificaba a Isaac sería condenado,  y eso es lo que se llama una obra de la fe, y no de la ley; porque las obras de la ley eran obligatorias, y las obras de la fe son voluntarias.

         Ahora ya sabemos qué es una obra de fe, en este caso es cuando Dios nos pide hacer algo y obedecemos por voluntad propia porque decidimos confiar, y no por obligación (la fe en sí misma abarca mucho más, pero la trataremos en otro artículo). Entonces nuestra fe tiene que estar acompañada de obras de fe, y por medio de esa fe ser justificados y salvados. Ahora, ¿qué obras de fe es la que debemos hacer nosotros, si se supone que no somos salvados por obras sino por gracia, es decir, sin hacer nada para merecerlo? Primero tengamos claro que hay dos tipos de obras de fe las que debemos hacer: la obra de fe por medio de la cual somos justificados, y las obras de la fe que nos nace hacer a consecuencia de la justificación y redención que ya hemos recibido, llamadas también buenas obras o fruto del Espíritu.

         Hablemos del primer tipo, la obra de fe por medio de la cual somos justificados, y que se ve claramente ejemplificada en la fe de Abraham y en la obra que acompañó esa fe, estar dispuesto a sacrificar a su hijo. Sólo que hoy en día el sacrificio ya lo hizo Dios, pues él ya sacrificó a su hijo, a Cristo. ¿Entonces qué nos queda por hacer a nosotros? Nada, ya Jesús lo hizo todo. Pero hay una obra de fe que se nos pide.

         ¿Cómo así? Se preguntarán. Yo también me lo preguntaba.

         Si leemos en el evangelio de Juan podemos encontrar respuesta:
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”Juan 3:16
         Estas palabras nos enseñan que la vida eterna ha sido ofrecida por Dios por medio del sacrificio de su Hijo, y nosotros la recibimos al creer en su Hijo y en ese sacrificio; pero el creer es la fe, y si volvemos a leer las palabras de Santiago 2: 19 encontramos que “También los demonios creen y tiemblan”. Entonces sólo creer no basta, porque la fe estaría muerta, esa fe tiene que estar acompañada de una obra. Usaré la muy conocida reflexión de La Tienda del Cielo para explicar este asunto de forma ejemplificada:

         Supongamos que estamos de pie en el centro de la ciudad, y la tienda del cielo queda en una colina muy alta a varios kilómetros de esa ciudad, y no existe manera alguna de que nosotros podamos ir por nuestros propios medios hasta la tienda del cielo, y nos mortifica un ferviente deseo de llagar hasta allá para comprar vida plena y pacífica. Entonces, Jesús, a quien jamás hemos tomado en cuenta en ningún camino que tomamos ni en ningún proyecto que emprendemos, decide ir por nosotros hasta la tienda del cielo, aun sin que lo merezcamos. Entonces, Jesús emprende el largo viaje sin protección alguna, enfrentándose con una serie de obstáculos insalvables para nosotros, y soportando todo un bagaje de sufrimientos para llegar hasta la cima de la colina. Una vez allá, nos compra una cesta llena no sólo de vida plena y pacífica, también de amor, éxito, prosperidad integral, salud, seguridad, autoestima, salvación, justificación, y una serie de cosas con las que no soñábamos ni en nuestros mejores momentos de ensoñación. Al regresar, se presenta ante nosotros con esa cesta llena ofreciéndonosla gratuitamente, sin que tengamos que pagarle absolutamente nada; pero, tenemos las manos llenas con un montón de cosas baratas que compramos en las tiendas seculares de la ciudad: efímera diversión, arrogante poder, inescrupulosa avaricia, vano atractivo, débiles amistades, sexo desenfrenado, despiadada mentira, y un montón de cosas que nos impiden recibir la cesta traída por Jesús, porque ya no tenemos espacio en las manos. Entonces la fe que debemos tener es creer que lo que Jesús nos está ofreciendo es mucho mejor que lo que tenemos, y la obra de fe a realizar es dejar caer todo lo que ya tenemos en las manos y recibir la cesta traída por Jesús, y así recibiremos, entre otras muchas cosas más, la salvación y justificación por medio de la fe que tuvimos. Pero note que no es por la fe de nosotros ni por la obra de nosotros que Jesús nos ofrece salvación, porque si así fuera, entonces él, antes de irse a la colina, nos fuese pedido que soltáramos lo que ya teníamos en las manos, y si lo hacíamos entonces él iba a la colina, si no lo hacíamos no iba; en ese caso se podría decir que fue por nuestra obra que Jesús nos fue a buscar la salvación y nos la entregó. Pero no, no fue así, Jesús fue por esa cesta aun antes de que nosotros soltáramos las otras cosas baratas, Jesús vino hasta nosotros con esa cesta aun cuando nosotros todavía teníamos las manos llenas con cosas baratas; entonces no fue por nuestras obras ni por nuestra fe que Jesús se sacrificó yendo hasta la colina, lo hizo por amor a nosotros aun sin que lo mereciéramos, y la única obra que nos pidió hacer es liberar nuestras manos para recibir lo que él ya había ido a buscar. En conclusión, aunque nuestra fe va acompañada de esa obra, y por esa obra recibimos la justificación y salvación ofrecida, igual no hicimos nada para merecer esa cesta, Jesús lo hizo todo aun antes de que hiciéramos esa obra.

         Con esto ya sabemos cuál es esa obra de fe por medio de la cual recibimos la salvación que Jesús ya consiguió por nosotros derramando su sangre en la cruz: el sacrificio de nuestra vida pasada. Y también sabemos que esto no contradice a lo que dijo Pablo, que no somos salvados por nuestras obras o por lo que hacemos, sino por gracia, por medio de la fe pero por gracia al fin y al cabo, sin contradecir a su vez lo que dice Santiago, que la fe sin obras es muerta, porque si creemos que lo que Jesús nos ofrece es mejor pero no liberamos nuestras manos de nuestra vida pasada, esa fe no nos servirá de nada, estaría muerta. Y para fundamentarlo, veamos que el mismo Jesús lo enseñó:
“Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará. Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?...”Mateo 16: 24-26
         Cuando Jesús dice que debemos negarnos a nosotros mismos, es presentarnos ante él tal y como somos, dispuestos a renunciar a nuestra vida pasada, liberando nuestras manos para recibir así la justificación; y tomar la cruz, es sacrificar ante él eso que somos, así como él ya se sacrificó en una cruz por nosotros para darnos la salvación que no merecíamos. Eso es estar dispuesto a perder la vida por Jesús, y que en realidad significa hallar la verdadera vida. ¿Pero cómo sacrificamos nuestra vida en una cruz? Tampoco es algo que debamos hacer nosotros, Jesús ya lo hizo también. Cuando Cristo fue crucificado, nosotros, los que estamos dispuestos a entregarle nuestro corazón, también fuimos crucificados, y cuando Cristo resucitó, nosotros también resucitamos con Él en una nueva vida.
“Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucito de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado.”Romanos 6: 4-6
         Así que todo lo que nos queda por hacer es el acto de fe de vaciar nuestras manos, que no es más que abrir nuestro corazón al Señor, como ya lo hemos mencionado, para que seamos parte de su sacrificio y su resurrección.

         Para terminar este artículo, terminemos de leer el pasaje de Mateo anteriormente citado:
“…Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras.”Mateo 16: 27
         Y es aquí donde muchos se olvidan de lo ya aprendido y se vuelven a empecinar en la idea de que la salvación se recibe, o por lo menos se mantiene después de recibida, por las obras y cosas buenas que hagan. Es aquí también donde entra en juego el segundo tipo de obras de fe, consecuencias de lo recibido de Cristo una vez que nos entrega la cesta. Hablaremos de ellas en el próximo artículo. Por ahora no olvidemos que la salvación se recibe por gracia, sin que hayamos hecho nada por merecerla, solamente vaciar nuestras manos para recibir lo que ya se nos fue otorgado.

Tres Promesas

(Un poco sobre mí)

Hola amigos, hoy quiero compartir con ustedes un poco sobre mí. Como no sé cómo empezar, emplearé una técnica que aprendí de una escritora a la que admiro mucho, empezaré con mi nombre.

Ismael, ese nombre me torturó por mucho tiempo, persiguiéndome como un fantasma, desde que leí la historia del Ismael Bíblico, un muchacho cuyo destino sería habitar en el desierto, echado de la casa de su padre. Año tras año me convencí que fue por culpa de ese nombre que crecí sin padres, como si mi mamá me hubiese marcado desde nacimiento al decidir llamarme así. Quise huir de ese destino presentándome bajo falsas identidades ante todas las personas que conocía, hasta el punto de encontrarme perdido en un laberinto de nombres y apellidos que me llevaron a un peor callejón del que venía huyendo: yo mismo no saber quién era ni para qué estaba en esta tierra. Y buscando mi lugar terminé lleno de pánico al sentir que no pertenecía a ningún lado. Odié mi nombre, porque aun rodeado de mucha gente me sentía en el desierto y en la soledad. Decidí que era el momento de terminar con todo.

Pero Dios tenía otros planes, y quizás yo no lo sabía, pero estaba incluido en ellos. Hace rato que yo me había lanzado al fondo del abismo, pero alguna rama puesta intencionalmente por las fuerzas divinas siempre amortiguó la caída, hasta que toqué fondo; pero seguía con vida. Y justo en el momento en que estaba por tener mi caída definitiva, esa de la cual el mismo apóstol Pablo no se atrevió a dar instrucciones de intersección, llegó el rescate divino como esa esperanza que encuentras después que lo has intentado todo y nada te ha funcionado. Dios sostuvo mi mano y me volvió a levantar del fondo con tres promesas definitivas que desmontaron las murallas mentales que me habían cercado, tres promesas que me marcaron para siempre con una seguridad sublime que me permitió respirar después de tantos años de asfixia.

La primera, Dios me hizo ver que mi nombre no era una maldición, sino una bendición, pues, la palabra “Ismael” significa “Dios oye”. Y así como Dios salvó la vida del Ismael bíblico cuando estaba a punto de morir de sed en medio del desierto siendo sólo un niño, asimismo me salvaba a mí con una fuente inagotable de agua, la salvación eterna de Cristo. <<Aunque nadie te haya visto, yo sí te he visto… –fueron las palabras de Dios para mí>>

La segunda promesa, me la había hecho años atrás, pero en medio de mis tormentos la había olvidado por completo, y hoy me la recordaba y la reafirmaba.  Esa del salmo 27 que dice << Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, Jehová me recogerá>>. Me dijo esas palabras de una forma tan personal que me fue imposible resistirme, supe que Dios me ama y tiene grandes cosas para mí.

La tercera, y la que me hizo llorar llenándome de una mezcla de alegría y tranquilidad que me sería imposible explicar, me llegó en un mensaje de texto mientras perdía toda esperanza en la soledad de mi habitación, dos versículos de Isaías que dicen << No os acordéis de las cosas pasadas, ni traigáis a memoria las cosas antiguas. He aquí que yo hago cosa nueva; pronto saldrá a luz; ¿no la conoceréis? Otra vez abriré camino en el desierto, y ríos en la soledad.>>

A partir de ese momento mi vida cambió por completo, y ya no le tengo miedo al desierto en el que pueda estar habitando, porque he encontrado un camino en el cual ya no importa de dónde vengo, porque no es allá atrás donde pertenezco. Voy rumbo adelante, con la mirada puesta en la gloriosa meta, con un nombre que día tras día me recuerda que Dios siempre me oye: Ismael.