jueves, 13 de octubre de 2016

Tres Promesas

(Un poco sobre mí)

Hola amigos, hoy quiero compartir con ustedes un poco sobre mí. Como no sé cómo empezar, emplearé una técnica que aprendí de una escritora a la que admiro mucho, empezaré con mi nombre.

Ismael, ese nombre me torturó por mucho tiempo, persiguiéndome como un fantasma, desde que leí la historia del Ismael Bíblico, un muchacho cuyo destino sería habitar en el desierto, echado de la casa de su padre. Año tras año me convencí que fue por culpa de ese nombre que crecí sin padres, como si mi mamá me hubiese marcado desde nacimiento al decidir llamarme así. Quise huir de ese destino presentándome bajo falsas identidades ante todas las personas que conocía, hasta el punto de encontrarme perdido en un laberinto de nombres y apellidos que me llevaron a un peor callejón del que venía huyendo: yo mismo no saber quién era ni para qué estaba en esta tierra. Y buscando mi lugar terminé lleno de pánico al sentir que no pertenecía a ningún lado. Odié mi nombre, porque aun rodeado de mucha gente me sentía en el desierto y en la soledad. Decidí que era el momento de terminar con todo.

Pero Dios tenía otros planes, y quizás yo no lo sabía, pero estaba incluido en ellos. Hace rato que yo me había lanzado al fondo del abismo, pero alguna rama puesta intencionalmente por las fuerzas divinas siempre amortiguó la caída, hasta que toqué fondo; pero seguía con vida. Y justo en el momento en que estaba por tener mi caída definitiva, esa de la cual el mismo apóstol Pablo no se atrevió a dar instrucciones de intersección, llegó el rescate divino como esa esperanza que encuentras después que lo has intentado todo y nada te ha funcionado. Dios sostuvo mi mano y me volvió a levantar del fondo con tres promesas definitivas que desmontaron las murallas mentales que me habían cercado, tres promesas que me marcaron para siempre con una seguridad sublime que me permitió respirar después de tantos años de asfixia.

La primera, Dios me hizo ver que mi nombre no era una maldición, sino una bendición, pues, la palabra “Ismael” significa “Dios oye”. Y así como Dios salvó la vida del Ismael bíblico cuando estaba a punto de morir de sed en medio del desierto siendo sólo un niño, asimismo me salvaba a mí con una fuente inagotable de agua, la salvación eterna de Cristo. <<Aunque nadie te haya visto, yo sí te he visto… –fueron las palabras de Dios para mí>>

La segunda promesa, me la había hecho años atrás, pero en medio de mis tormentos la había olvidado por completo, y hoy me la recordaba y la reafirmaba.  Esa del salmo 27 que dice << Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, Jehová me recogerá>>. Me dijo esas palabras de una forma tan personal que me fue imposible resistirme, supe que Dios me ama y tiene grandes cosas para mí.

La tercera, y la que me hizo llorar llenándome de una mezcla de alegría y tranquilidad que me sería imposible explicar, me llegó en un mensaje de texto mientras perdía toda esperanza en la soledad de mi habitación, dos versículos de Isaías que dicen << No os acordéis de las cosas pasadas, ni traigáis a memoria las cosas antiguas. He aquí que yo hago cosa nueva; pronto saldrá a luz; ¿no la conoceréis? Otra vez abriré camino en el desierto, y ríos en la soledad.>>

A partir de ese momento mi vida cambió por completo, y ya no le tengo miedo al desierto en el que pueda estar habitando, porque he encontrado un camino en el cual ya no importa de dónde vengo, porque no es allá atrás donde pertenezco. Voy rumbo adelante, con la mirada puesta en la gloriosa meta, con un nombre que día tras día me recuerda que Dios siempre me oye: Ismael.

3 comentarios :

  1. Excelente una prueba mas de que Dios existe. Mi querido amigo.H.D.P.S

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    1. Así es, una prueba más no solo de su existencia, sino también de que cada uno de nosotros podemos ser convertidos en milagros vivos y andantes. Saludos!!!

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