Parte I
Uno de los temas que más me ha causado confusión
es el de la Fe y las Obras, haciéndome preguntar si la salvación se recibe
haciendo cosas buenas o simplemente teniendo fe en el sacrificio de Cristo. Al
leer las cartas de Pablo esta duda parece quedar totalmente aclarada, pues, él
es tajante y sin admisión de discusión al decir en su carta a los romanos:
“Ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado.”Romanos 3:20
“Ningún ser humano” son sus palabras,
lo que deja sin lugar a dudas que cumpliendo con la ley mosaica no se alcanza
la justificación —recordemos que la ley mosaica es toda la ley dada por Moisés
en el antiguo testamento. Ahora bien, ¿entonces qué nos da la justificación? Es
decir, ¿qué nos hace justos ante Dios otorgándonos el perdón de nuestros
pecados? Esta duda también nos la aclara Pablo al escribirles su carta a los
gálatas:
“sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado.”Gálatas 2:16
Es la fe de Jesucristo la que nos
justifica, y note que es la fe de él, no la de nosotros, pero ya hablaremos
luego de eso, lo importante es que Pablo nos argumenta que es creyendo en
Jesucristo que somos justificados por medio de la fe, no por nuestras obras ni
nuestra obediencia a la ley.
Bien, al saber esto, yo tuve plena
convicción de que mis dudas ya habían sido resueltas, y para ustedes debe ser
igual hasta este punto; es entonces cuando aparece Santiago aparentemente en
contradicción con Pablo, diciéndonos lo siguiente:
“Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?... Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan. ¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta? ¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras, y que la fe se perfeccionó por las obras? Y se cumplió la escritura que dice: Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia, y fue llamado amigo de Dios. Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe.”Santiago 2: 14, 19-24 (recomiendo leer el pasaje completo, desde el versículo 14 hasta el versículo 26)
Bien, acabamos de leer una aparente
refutación por parte de Santiago a las palabras que ya hemos leído de Pablo.
Pero, si prestamos atención, nos damos cuenta que Santiago no está hablando de
practicar las obras de la ley. Pablo es muy explícito al decir que las “obras
de la ley” no nos llevan a obtener la justificación, y Santiago en ningún
momento dice que la fe sin las obras de la ley es muerta, sólo dice que la fe
sin las obras es muerta, además que pone el ejemplo de Abraham, quien es llamado
en la Biblia el padre de la fe, y nos dice que la fe de este hombre estuvo
acompañada de obras, y es imposible que esas obras de Abraham fueran obras de
la ley, porque Abraham vivió casi medio milenio antes de que Moisés viniera al
mundo a darle la ley a los israelitas. ¿Entones de qué obras está hablando
Santiago? ¿Y es el hacer esas intrigantes obras las que nos justifican? Y si es
así ¿dónde queda eso de que somos salvos por gracia sin que hiciéramos nada
(recordando que gracia es cuando recibimos algo sin merecerlo)? Porque Pablo también
es claro al decir en su carta a los efesios que no es por obras, en sentido
general, que somos salvados:
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.”Efesios 2: 8-9
Entonces somos salvados por medio de la
fe, no por las obras, pero la fe sin obras es muerta. Sí, muchas dudas se me
generaron al planteármelo de esa manera, que es a lo que yo llamo paradoja
bíblica. Así que hablé con Dios en oración y le pedí que me aclarara esa
confusión. Ahora, después de haber escuchado varias enseñanzas al respecto, y
haber leído la Biblia bajo la dirección del Espíritu Santo —porque sin su
dirección difícilmente podría comprender lo que Dios nos habla por medio de la
Biblia—, ahora sé que Pablo y Santiago no se contradicen.
Recordemos las palabras de Santiago, y
notemos que el ejemplo que nos plantea es el momento en que Abraham, por
petición de Dios, ofreció a su hijo Isaac en sacrificio sobre un altar, y Dios,
al ver la inmensa fe de Abraham que ni aun se negó a sacrificar a su hijo, lo
detuvo antes de que matara al muchacho; es por eso que su fe se le contó por
justicia, porque confió ciegamente en Dios y sus promesas, y su fe fue
completa, porque estaba dispuesto a realizar aquello que se le había pedido
confiando plenamente en aquel que se lo pedía, sin tener obligación de hacerlo,
pues Dios no le dijo en ningún momento que si no sacrificaba a Isaac sería
condenado, y eso es lo que se llama una
obra de la fe, y no de la ley; porque las obras de la ley eran obligatorias, y
las obras de la fe son voluntarias.
Ahora ya sabemos qué es una obra de fe,
en este caso es cuando Dios nos pide hacer algo y obedecemos por voluntad
propia porque decidimos confiar, y no por obligación (la fe en sí misma abarca
mucho más, pero la trataremos en otro artículo). Entonces nuestra fe tiene que
estar acompañada de obras de fe, y por medio de esa fe ser justificados y
salvados. Ahora, ¿qué obras de fe es la que debemos hacer nosotros, si se
supone que no somos salvados por obras sino por gracia, es decir, sin hacer
nada para merecerlo? Primero tengamos claro que hay dos tipos de obras de fe
las que debemos hacer: la obra de fe por medio de la cual somos justificados, y
las obras de la fe que nos nace hacer a consecuencia de la justificación y
redención que ya hemos recibido, llamadas también buenas obras o fruto del Espíritu.
Hablemos del primer tipo, la obra de fe
por medio de la cual somos justificados, y que se ve claramente ejemplificada
en la fe de Abraham y en la obra que acompañó esa fe, estar dispuesto a
sacrificar a su hijo. Sólo que hoy en día el sacrificio ya lo hizo Dios, pues
él ya sacrificó a su hijo, a Cristo. ¿Entonces qué nos queda por hacer a
nosotros? Nada, ya Jesús lo hizo todo. Pero hay una obra de fe que se nos pide.
¿Cómo así? Se preguntarán. Yo también
me lo preguntaba.
Si leemos en el evangelio de Juan
podemos encontrar respuesta:
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”Juan 3:16
Estas palabras nos enseñan que la vida
eterna ha sido ofrecida por Dios por medio del sacrificio de su Hijo, y
nosotros la recibimos al creer en su Hijo y en ese sacrificio; pero el creer es
la fe, y si volvemos a leer las palabras de Santiago 2: 19 encontramos que
“También los demonios creen y tiemblan”. Entonces sólo creer no basta, porque
la fe estaría muerta, esa fe tiene que estar acompañada de una obra. Usaré la
muy conocida reflexión de La Tienda del Cielo para explicar este asunto de
forma ejemplificada:
Supongamos que estamos de pie en el
centro de la ciudad, y la tienda del cielo queda en una colina muy alta a
varios kilómetros de esa ciudad, y no existe manera alguna de que nosotros
podamos ir por nuestros propios medios hasta la tienda del cielo, y nos
mortifica un ferviente deseo de llagar hasta allá para comprar vida plena y
pacífica. Entonces, Jesús, a quien jamás hemos tomado en cuenta en ningún
camino que tomamos ni en ningún proyecto que emprendemos, decide ir por
nosotros hasta la tienda del cielo, aun sin que lo merezcamos. Entonces, Jesús
emprende el largo viaje sin protección alguna, enfrentándose con una serie de
obstáculos insalvables para nosotros, y soportando todo un bagaje de
sufrimientos para llegar hasta la cima de la colina. Una vez allá, nos compra
una cesta llena no sólo de vida plena y pacífica, también de amor, éxito,
prosperidad integral, salud, seguridad, autoestima, salvación, justificación, y
una serie de cosas con las que no soñábamos ni en nuestros mejores momentos de
ensoñación. Al regresar, se presenta ante nosotros con esa cesta llena
ofreciéndonosla gratuitamente, sin que tengamos que pagarle absolutamente nada;
pero, tenemos las manos llenas con un montón de cosas baratas que compramos en
las tiendas seculares de la ciudad: efímera diversión, arrogante poder,
inescrupulosa avaricia, vano atractivo, débiles amistades, sexo desenfrenado,
despiadada mentira, y un montón de cosas que nos impiden recibir la cesta
traída por Jesús, porque ya no tenemos espacio en las manos. Entonces la fe que
debemos tener es creer que lo que Jesús nos está ofreciendo es mucho mejor que
lo que tenemos, y la obra de fe a realizar es dejar caer todo lo que ya tenemos
en las manos y recibir la cesta traída por Jesús, y así recibiremos, entre
otras muchas cosas más, la salvación y justificación por medio de la fe que
tuvimos. Pero note que no es por la fe de nosotros ni por la obra de nosotros
que Jesús nos ofrece salvación, porque si así fuera, entonces él, antes de irse
a la colina, nos fuese pedido que soltáramos lo que ya teníamos en las manos, y
si lo hacíamos entonces él iba a la colina, si no lo hacíamos no iba; en ese
caso se podría decir que fue por nuestra obra que Jesús nos fue a buscar la
salvación y nos la entregó. Pero no, no fue así, Jesús fue por esa cesta aun
antes de que nosotros soltáramos las otras cosas baratas, Jesús vino hasta
nosotros con esa cesta aun cuando nosotros todavía teníamos las manos llenas
con cosas baratas; entonces no fue por nuestras obras ni por nuestra fe que
Jesús se sacrificó yendo hasta la colina, lo hizo por amor a nosotros aun sin
que lo mereciéramos, y la única obra que nos pidió hacer es liberar nuestras
manos para recibir lo que él ya había ido a buscar. En conclusión, aunque
nuestra fe va acompañada de esa obra, y por esa obra recibimos la justificación
y salvación ofrecida, igual no hicimos nada para merecer esa cesta, Jesús lo
hizo todo aun antes de que hiciéramos esa obra.
Con esto ya sabemos cuál es esa obra de
fe por medio de la cual recibimos la salvación que Jesús ya consiguió por
nosotros derramando su sangre en la cruz: el sacrificio de nuestra vida pasada.
Y también sabemos que esto no contradice a lo que dijo Pablo, que no somos
salvados por nuestras obras o por lo que hacemos, sino por gracia, por medio de
la fe pero por gracia al fin y al cabo, sin contradecir a su vez lo que dice
Santiago, que la fe sin obras es muerta, porque si creemos que lo que Jesús nos
ofrece es mejor pero no liberamos nuestras manos de nuestra vida pasada, esa fe
no nos servirá de nada, estaría muerta. Y para fundamentarlo, veamos que el
mismo Jesús lo enseñó:
“Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará. Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?...”Mateo 16: 24-26
Cuando Jesús dice que debemos negarnos
a nosotros mismos, es presentarnos ante él tal y como somos, dispuestos a
renunciar a nuestra vida pasada, liberando nuestras manos para recibir así la
justificación; y tomar la cruz, es sacrificar ante él eso que somos, así como
él ya se sacrificó en una cruz por nosotros para darnos la salvación que no
merecíamos. Eso es estar dispuesto a perder la vida por Jesús, y que en
realidad significa hallar la verdadera vida. ¿Pero cómo sacrificamos nuestra
vida en una cruz? Tampoco es algo que debamos hacer nosotros, Jesús ya lo hizo
también. Cuando Cristo fue crucificado, nosotros, los que estamos dispuestos a
entregarle nuestro corazón, también fuimos crucificados, y cuando Cristo
resucitó, nosotros también resucitamos con Él en una nueva vida.
“Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucito de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado.”Romanos 6: 4-6
Así que todo lo que nos queda por hacer
es el acto de fe de vaciar nuestras manos, que no es más que abrir nuestro
corazón al Señor, como ya lo hemos mencionado, para que seamos parte de su
sacrificio y su resurrección.
Para terminar este artículo, terminemos
de leer el pasaje de Mateo anteriormente citado:
“…Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras.”Mateo 16: 27
Y es aquí donde muchos se olvidan de lo
ya aprendido y se vuelven a empecinar en la idea de que la salvación se recibe,
o por lo menos se mantiene después de recibida, por las obras y cosas buenas
que hagan. Es aquí también donde entra en juego el segundo tipo de obras de fe,
consecuencias de lo recibido de Cristo una vez que nos entrega la cesta.
Hablaremos de ellas en el próximo artículo. Por ahora no olvidemos que la
salvación se recibe por gracia, sin que hayamos hecho nada por merecerla,
solamente vaciar nuestras manos para recibir lo que ya se nos fue otorgado.
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